Presentan “El cultivo de la esperanza”, libro que reconstruye los primeros años del ITESO
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Presentan “El cultivo de la esperanza”, libro que reconstruye los primeros años del ITESO
La actividad reunió a protagonistas e investigadores de la historia institucional para revisitar una etapa marcada por la incertidumbre, pero también por la convicción de quienes apostaron por un proyecto universitario humanista.
Diana Alonso
A Theodor Schultz le gustaba abrir las ventanas del salón durante la clase de francés. Corría la década de los sesenta y el ITESO comenzaba a levantar sus primeros edificios cerca de las faldas del Cerro del Tesoro. El viento atravesaba los campos de maíz y entraba frío, violento. Por eso, recuerda entre risas, sus compañeros lo llamaban “el oso polar”.
“Nos decían que estudiábamos en la escuela del aire”, recordó el egresado de la primera generación de la Licenciatura en Administración de Negocios. Pero no lo decían por el fuerte viento de la zona, sino porque durante sus primeros años el ITESO no tenía reconocimiento oficial como institución educativa, padecía dificultades económicas y funcionaba en inmuebles repartidos por distintos puntos de Guadalajara. La situación cambió en 1961, cuando José Aguilar Figueroa donó parte de los terrenos donde hoy se ubica la universidad y permitió que aquel proyecto comenzara a echar raíces.
Historias como esta integran los primeros 12 años de vida del ITESO, relatados en El cultivo de la esperanza, volumen que fue presentado el pasado 25 de septiembre en el Auditorio D2. La publicación forma parte de la colección Episodios Itesianos, proyecto editorial que busca reconstruir y preservar la historia institucional a partir de documentos, testimonios y archivos históricos, con motivo del aniversario número 70 de la universidad.
El libro, escrito por Luis José Guerrero Anaya y Francisco Javier Núñez de la Peña, aborda el periodo comprendido entre la fundación del ITESO en 1957 y su incorporación a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 1968.
Además de Schultz, en la presentación participaron Alexander Zatyrka, SJ, rector del ITESO; Paloma Urrea Hernández, integrante del Consejo de Directores de ITESO, AC; Guillermo Urrea, presidente del Consejo de Administración de Grupo Urrea; Juan Jorge Hermosillo, coordinador del Archivo Histórico del ITESO, y Luis Petersen Farah, periodista y editor de Episodios Itesianos, quienes compartieron reflexiones, recuerdos y lecturas sobre el libro.
Para Paloma Urrea, el título del libro resume una de las características fundamentales de quienes hicieron posible el nacimiento del ITESO. Personas como José Fernández del Valle, Roberto de la Torre, Raúl Urrea Avilés, Luis Hernández Prieto y Jorge Villalobos, entre muchos otros, invirtieron tiempo, patrimonio, habilidades y prestigio por una institución que durante años pareció un “sueño”. “Representa la fe, la lucha incansable, la determinación y el compromiso de quienes soñaron con hacer un proyecto universitario de una manera distinta que contribuyera al desarrollo del occidente del país”, señaló Urrea.
“El ITESO estuvo exclusivamente cimentado en la buena voluntad de quienes lo fundaron”, recordó Zatyrka al inicio de la actividad. Pero esa virtud tuvo que enfrentarse a obstáculos de todo tipo: la falta de recursos económicos, la dificultad para conseguir un lugar, la incertidumbre sobre el reconocimiento oficial de los estudios, la oposición de diversos grupos universitarios y políticos e incluso ataques directos a la institución. “Uno de esos ataques llegó hasta el intento de destruir las instalaciones en un asalto literalmente a mano armada”, recordó el Rector, refiriéndose a la agresión ocurrida en 1958, la cual está documentada en el libro.
Durante su participación, Guillermo Urrea recordó el momento en que la historia de su familia quedó ligada para siempre a la universidad. Todo comenzó con una llamada del cardenal José Garibi Rivera a su padre, Raúl Urrea Avilés. Según relató, el arzobispo le solicitó apoyar al ITESO, que atravesaba una situación financiera crítica. “Como católico te obligo a que saques adelante la universidad”, recordó.
A partir de entonces, Raúl Urrea movilizó a empresarios, industriales, comerciantes y representantes de distintos sectores para reunir los recursos que permitieran sostener un proyecto educativo cuyo futuro aún era incierto. La anécdota emocionó visiblemente a su hijo porque remite a una época en la que la universidad dependía, en gran medida, de la confianza y el compromiso de quienes tenían fe en ella. “Es extraño estar aquí en este auditorio, bajo este techo. Cuando yo entré en 1961, el ITESO no era un lugar. Era una convicción dispersa por la ciudad”, reflexionó minutos después Schultz.
Para Hermosillo, el libro permite comprender la magnitud de los desafíos que enfrentó la universidad en sus primeros años. “Cuando uno lee semejante cantidad y magnitud de dificultades simultáneas en contra del proyecto del ITESO, no puede menos que reconocer el tesón, la fe y la esperanza de quienes lo hicieron posible”, afirmó.
El periodista Luis Petersen Farah centró su intervención en el extenso anexo documental que acompaña la publicación. Más de 300 páginas de cartas, desplegados, memorandos, oficios y documentos oficiales permiten al lector acercarse directamente a las voces de la época.
A su juicio, el valor del material radica en que permite construir nuevas interpretaciones sobre la historia universitaria. “Ya no eres el que sigue la visión de los autores, te conviertes en autor de otro relato”, señaló. Los documentos muestran tensiones, miedos, intereses y disputas que ayudan a entender que la fundación del ITESO fue mucho más compleja de lo que suele recordarse.
Al cierre de la presentación, quedó claro que el libro no solo recupera la memoria de una institución, sino también la de las personas que confiaron en ella. Empresarios que hipotecaron negocios, profesores que a veces trabajaron sin recibir pago puntual, estudiantes que se inscribieron sin garantía de reconocimiento oficial y jesuitas que acompañaron la universidad a pesar de la incertidumbre.
Siete décadas después, aquel campo de milpa se convirtió en un bosque. Donde antes había rastrojos, hoy se levantan aulas, laboratorios, una gran biblioteca y espacios que han acompañado la formación de generaciones de estudiantes. El contraste es abismal frente a aquella “escuela del aire” que describió Schultz.